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Publicado el 18 de Febrero de 2021
Una serie sobre mentirosos, honestos y engañados
El cocinero del arzobispo
En los buenos tiempos antiguos, cuando estaba poderoso y boyante el Arzobispado,
hubo
en Toledo un Arzobispo tan austero y penitente, que ayunaba muy a menudo y casi
siempre comía de vigilia, y más que pescado, semillas y yerbas.
Su cocinero le
solía preparar para la colación, un modesto potaje de habichuelas y de
garbanzos, con el que se regalaba y deleitaba aquel venerable y herbívoro
siervo de Dios, como si fuera con el plato más suculento, exquisito y costoso.
Bien es verdad que el cocinero preparaba con tal habilidad los garbanzos y las
habichuelas, que parecían, merced al refinado condimento, manjar de muy
superior estimación y deleite.
Ocurrió, por
desgracia, que el cocinero tuvo una terrible pendencia con el mayordomo. Y como
la cuerda se rompe casi siempre por lo más delgado, el cocinero salió
despedido.
Vino otro nuevo a
guisar para el señor Arzobispo y tuvo que hacer para la colación el consabido
potaje. Él se esmeró en el guiso, pero el Arzobispo le halló tan detestable,
que mandó despedir al cocinero e hizo que el mayordomo tomase otro.
Ocho o nueve fueron
sucesivamente entrando, pero ninguno acertaba a condimentar el potaje y todos
tenían que largarse avergonzados, abandonando la cocina arzobispal.
Entró, por último,
un cocinero más avisado y prudente, y tuvo la buena idea de ir a visitar al
primer cocinero y a suplicarle y a pedirle, por amor de Dios y por todos los
santos del cielo, que le explicara cómo hacía el potaje de que el Arzobispo
gustaba tanto.
Fue tan generoso el
primer cocinero, que le confió con lealtad y laudable franqueza su
procedimiento misterioso.
El nuevo cocinero
siguió con exactitud las instrucciones de su antecesor, condimentó el potaje e
hizo que se le sirvieran al ascético Prelado.
Apenas éste le
probó, paladeándole con
delectación morosa, exclamó entusiasmado:
- Gracias
sean dadas al Altísimo.
Al fin hallamos
otro cocinero que hace el potaje tan bien o mejor que el antiguo. Está muy rico
y muy sabroso. Que venga aquí el cocinero. Quiero darle merecidas alabanzas.
El cocinero acudió
contentísimo. El Arzobispo le recibió con grande afabilidad y llaneza, y puso
su talento por las nubes.
Animado entonces el
artista, que era además sujeto muy sincero, franco y escrupuloso, quiso hacer
gala de su sinceridad y de su lealtad y probar que sus prendas morales corrían
parejas con su saber y aun se adelantaban a su habilidad culinaria.
El cocinero, pues,
dijo al Arzobispo:
- Excelentísimo
señor: a pesar del profundísimo respeto que V. E. me inspira, me atrevo a decirle,
porque lo creo de mi deber, que el antiguo cocinero lo estaba engañando y que
no es justo que incurra yo en la misma falta. No hay en ese potaje garbanzos ni
habichuelas. Es una falsificación. En ese potaje hay albondiguitas menudas
hechas de jamón y pechugas de pollo, y hay riñoncitos de aves y trozos de
criadillas de carnero. Ya ve Vuecencia. que le engañaban.